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lunes, 9 de julio de 2012

¿Por que amamos y engañamos?: Helen Fisher (v.o.s.)


La antropóloga Helen Fisher aborda el delicado tema del amor explicando su evolución, sus fundamentos bioquímicos y su importancia social. Concluye su charla con una advertencia sobre el desastroso potencial inherente en el abuso de antidepresivos.

miércoles, 25 de abril de 2012

Psicobiología del amor: Conferencia del profesor Raul Espert (Barcelona 2012)


El sábado 21 de Abril de 2012 se impartío un seminario de 8 horas sobre las bases psicobiológicas del amor y del sexo bajo el auspicio de ISEP formación. Esta formación impartida es una pequeña parte de un curso de extensión universitaria de la Universitat de València( de 40 horas de duración) que en Julio imparten los profesores Dra. Marien Gadea y Dr. Raúl Espert.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Cerebro Enamorado


Gracias a Karemi Rodriguez Batista por compartir este vídeo

Amor y Calidad de Vida: Insula e hipocampo


Cuando alguien se enamora 12 áreas del cerebro se activan a la vez para liberar dopamina, oxitocina, adrenalina y arginina. Compuestos que hacen que una persona esté eufórica, provocando un efecto similar a consumir cocaína. El amor afecta a varias funciones cognitivas, entre ellas la imagen que tenemos de la persona amada y su representación mental (idealización). Además, también tendrían explicación las mariposas en el estómago. Algunas partes del cerebro activadas podrían estimular el ritmo cardíaco haciendo que sintamos esa sensación. Además, el amor puede incrementar la calidad de los orgasmos, según Ortigue, a tenor de los restultados obtenidos por RMf a nivel de ínsula e hipocampos.

miércoles, 7 de marzo de 2012

El amor romántico desde una perspectiva científica

Articulo publicado por Coral Herrera Gómez en su blog El Rincón de Haika del que intentaremos ofreceros más material por su enorme interés y visión personal de algunos de los temas que tratamos en nuestro blog. Ya que nos parece que para la formación de los psicólogos especialistas en Sexología las temáticas que alli se abordan pueden ayudar mucho a mejor contextualizar los asuntos con los que nos vamos a encontrar en nuestro devenir profesional.

Cuando llegó el momento de decirle a mi director de tesis, Gérard Imbert, el tema sobre el que quería investigar, pasé dos semanas sin atreverme a hablar con él y preparando mi discurso para convencerlo. Él mismo me dijo, "piensa bien el tema porque tu vida va a girar en torno a él durante años; así que lo mejor es que sea algo que te apasione".
Yo ya sabía lo que me apasionaba, pero no sabía como planteárselo. Desde niña me han fascinado las relaciones amorosas humanas, y cuando comencé a experimentar todos los síntomas del romanticismo, en la adolescencia, mi interés por el tema aumentó. Siempre me gustó mirar a los adultos, oírles hablar, escuchar historias de vida, y analizar mis propios sentimientos y reacciones.
Con las amigas y amigos pasé años hablando sobre el amor, sus mitos y la forma en cómo nuestro cuerpo, nuestras ideas, nuestro comportamiento, están determinados por las emociones, y cómo esas emociones, a su vez, están determinadas por mandatos sociales y modelos culturales, debidamente idealizados.
Mi idea era estudiar el amor desde un enfoque multidisciplinar, porque buscando en las bibliotecas me encontraba con libros sobre el amor desde una perspectiva literaria, o antropológica, o biológica, o histórica, pero no encontraba un libro que uniese todas esas perspectivas, y pensé en escribirlo yo, añadiéndole por supuesto el enfoque de género.
No me costó mucho convencer a Gerárd porque él es un hombre de horizontes abiertos, aventurero, que le gusta desentrañar las profundidades de las emociones humanas y analizar cómo se plasman en el cine y en los productos culturales de masas. Para mí fue súper importante su apoyo porque no quería estudiar otra cosa que este tema, dado que mi curiosidad se remonta a los principios de mi infancia, dado que necesitaba también comprender lo que nos pasa cuando nos enamoramos, saber de dónde viene esa forma de amar, y sobre todo, saber por qué amamos de esta manera y no de otra.

Mi tesis doctora de 850 páginas
Entonces me puse a analizar ese proceso, y el modo en cómo se construye socioculturalmente el amor; pero también cómo esta construcción influye significativamente en las estructuras económicas y políticas de la sociedad occidental.
Sin embargo, mi trabajo de investigación no hubiera sido posible si, a lo largo del siglo XX, no se hubiese dado el gran debate epistemológico que destronó al cientifismo empirista y gracias al cual surgieron investigaciones que demostraron la hipervirilidad de la Ciencia occidental, y su sesgo androcéntrico. Los principales protagonistas de este debate fueron los pensadores de la Teoría Crítica liderada por la Escuela de Frankfurt en los años 30, el Postestructuralismo, la Sociología del Conocimiento y la Teoría Feminista, que sacaron a la luz teorías y científicos (sobre todo científicas) marginados por la Ciencia, cuestionándose así numerosas verdades dadas por supuestas.
Esta tarea deconstructiva demostró que lo que se consideraba Ciencia Universal era sencillamente una actividad ejercida por hombres blancos, occidentales, y en su mayor parte de clase media. También se puso de relieve el hecho de que la mayor parte de sus investigaciones estaban impregnadas de intereses ideológicos, económicos, sociales y políticos. Se quiso derribar, así, el mito del cientifismo como verdad universal y el mito del científico como un robot objetivo sin emociones, sin condicionamientos culturales, sin intereses personales. Fue entonces cuando se reveló la dimensión hipermasculina de la Ciencia, que había marginado durante siglos a la mujer como sujeto y como objeto de estudio científico.
Gracias a este debate y a este proceso deconstruccionista, la Ciencia vio cuestionada profundamente la pretensión de validez universal y de neutralidad de la que había hecho gala desde el siglo XVII. Las principales consecuencias de este debate fueron la ampliación de los límites del conocimiento y el surgimiento de nuevas áreas de investigación científica. Este hecho posibilita, en la actualidad, adentrarse en espacios del conocimiento que no han sido considerados, hasta hoy, dignos de ser estudiados, como es el caso del amor romántico. Gracias a la lucha feminista contra el sistema patriarcal, además, he podido ir a la Universidad; si hubiese nacido en otra época no podría haber estudiado si quiera; ni este tema, ni cualquier otro.


Hoy se acepta comúnmente que todos estamos influidos por la cultura en la que nos hemos criado, por el género al que se nos adscribió al nacer, por la educación que recibimos y las instituciones sociales, la religión, nuestro estatus social y económico, además de nuestras propias aspiraciones personales y experiencias vitales, que conforman nuestra identidad. Por ello, ningún científico, institución científica o investigación empirista puede hoy declararse objetivo o neutral. De hecho, se considera más honesto que los y las profesionales de la Ciencia admitan en sus investigaciones el punto del que parten, y tengan en cuenta a la hora de elaborar sus teorías e hipótesis la perspectiva personal desde la que ejercen la actividad del conocimiento, para así diferenciar sus propios condicionamientos culturales y personales del objeto de estudio. Es decir, admitir la inevitable subjetividad que impregna cualquier actividad humana en el área del conocimiento científico, dejando atrás mitologías científicas antes nunca cuestionadas.


El trabajo de documentación no fue tarea fácil, dado que no existe mucha bibliografía científica debido a la marginación de las emociones como objeto de estudio. Para Carlos García Yela (2002), es muy significativa la gran diferencia existente en cuanto a volumen de investigación entre el amor y otros temas “que quizá sean menos relevantes en la vida del hombre, como por ejemplo, el reflejo salivar condicionado”.
La Antropología ha estudiado temas como la familia, el parentesco, el matrimonio, el comportamiento sexual, los ritos vinculadores, el apego, el beso y las conductas altruistas, pero no específicamente el amor romántico, considerado generalmente como una peculiaridad exclusiva de las civilizaciones occidentales.
La Sociología se ha centrado en el análisis del matrimonio (y la satisfacción en el mismo) como unidad básica de la estructura social y sólo en contadas ocasiones ha concedido suficiente atención a la importancia estructural del amor y las creencias románticas en nuestra sociedad.
En el campo de la Historia, destacan las obras de algunos historiadores sobre el matrimonio (Westermarck, 1926) y la pasión (De Rougemont, 1939).
En el campo de las ciencias sociales, el interés por las emociones también se ha visto incrementado a medida que avanzaba el siglo XX.
Ortega y Gasset (1941) se quejaba de que el tema del amor no fuese objeto de investigación científica o filosófica:
“Si un médico habla sobre la digestión, las gentes escuchan con modestia y curiosidad. Pero si un psicólogo habla del amor, todos le oyen con desdén, mejor dicho, no le oyen, no llega a enterarse de lo que enuncia, porque todos se creen doctores en la materia. En pocas cosas aparece tan de manifiesto la estupidez habitual de las gentes. ¡Como si el amor no fuera, a la postre, un tema teórico del mismo linaje que los demás, y por tanto, hermético para quien no se acerque a él con agudos instrumentos intelectuales!”.
Leo Buscaglia, también opina que es ridículo que el Eros, una fuerza de la vida tan poderosa, sea ignorada, no investigada y condenada por los científicos sociales, “que en cambio, sí se ocupan mucho de esa otra fuerza llamada sexo, cuando originariamente y en rigor etimológico se trata del mismo fenómeno”.
Defendiendo la idea de que el amor es un gran tema a tratar por todas las áreas científicas, Carlos Yela afirma que es frecuente entre los intelectuales la queja sobre la enorme distancia existente entre el progreso tecnológico y el progreso de las relaciones humanas: “el estudio riguroso, sistemático y empírico del amor podría ser una vía que contribuyera a salvar esa abismal y lamentable diferencia”.
La Psicología Social comienza a tratar el tema en 1964. Secord y Backman incorporan en su manual de la disciplina un capítulo sobre atracción interpersonal donde se incluían unas breves consideraciones sobre el amor. Un año más tarde, Aronson y Linder (1965) divulgan su clásica “ley” sobre la atracción interpersonal. Poco después, Bloom (1967) publicará un artículo sobre el concepto de amor y las tipologías amorosas, todo ello en revistas propias de la Psicología Social. A mediados de los años 70, el análisis científico del amor se va paulatinamente desmarcando del área de la atracción interpersonal, al tiempo que surge una verdadera explosión y auge de las investigaciones: centenares de artículos, decenas de volúmenes monográficos y manuales, cursos, seminarios, congresos, etc., e incluso alguna revista especializada, como el Journal of Social and Personal Relationships, donde buena parte de los artículos publicados se centran en el amor o en temas muy afines.


En los años 90 el tema se convirtió, según Yela García (2002), en un punto de referencia obligado de la Psicología Social. La publicación de monografías sobre el tema continúa aumentando cada año, muchos de ellos de orientación psicodinámica (Gabbard, 1996), otros muchos desde la Psicología Feminista.
En España, hasta los años 80, la producción intelectual sobre el amor ha sido bastante limitada. En los años 70 Josep Vicent Marqués edita un número especial en El Viejo Topo sobre el amor (extra número 17), con colaboraciones de Paolo Fabretti o Christian Delacampagne, en el que se habla del amor sobre todo como un instrumento de control social que sirve para perpetuar el patriarcado y la familia tradicional nuclear.
En 1982, la Revista de Occidente publica un número monográfico sobre el amor. En 1986, sucede lo mismo con los Cuadernos de Historia 16. En los 90 se publican artículos firmados por profesores universitarios (ej: Ochoa y Vázquez, 1991; Sangrador, 1993; Serrano y Carreño, 1993, Yela García, 1996) así como algunos libros en mayor o menor medida dedicados a, o relacionados con el tema (Guasch, 1991; Ortiz, 1991). Además, se realizan seminarios, conferencias, cursos de doctorado, simposios, congresos y alguna tesis doctoral (Carreño, 1991; Yela García, 1995; Martínez Iñigo, 1997).


Recientemente, han surgido algunas obras en el ámbito de la divulgación científica, en áreas como la Biología, la Etnología, o la Antropología (Helen Fisher, Eduardo Punset, David Buss, Eibl-Eibesfeldt, Desmond Morris, Barash y Lipton…). Sin embargo, sólo ahora, en los primeros años del siglo XXI, se ha empezado a tratar el tema desde una perspectiva social (Ulrich Beck, Zigmunt Bauman, Pascal Bruckner, Erich Fromm, Anthony Giddens, entre otros).
La mayor parte de los grandes teóricos occidentales ha escrito libros acerca de los sentimientos y las pasiones, pero han sido siempre considerados obras menores, poco menos que anécdotas dentro de la sesuda literatura científica y filosófica de estos grandes autores (Ortega y Gasset, Roland Barthes, Francesco Alberoni, entre otros).
En mi caso, lo que más me fascinaba del tema es como el amor de pareja siempre se ha tratado como un fenómeno afectivo que acontece en el interior de las personas, es decir, como un sentimiento individual y mágico difícil de explicar. Y sin embargo, son muchas las personas aquejadas de esta “enfermedad”, “intoxicación”, “borrachera”, o “dulce tormento”. El dinero que gastamos en terapeutas que nos ayuden a sobrellevar una ruptura amorosa, en abogados que tramiten una separación, en regalos cuando empezamos una relación, la cantidad de energía y tiempo que dedicamos al amor me hacía pensar que el amor es una construcción sociocultural, es decir, creada desde la cultura para conformar sociedades de gente que se une de dos en dos. y yo me preguntaba, y ¿por qué de dos en dos?, ¿y por qué han de ser de diferentes sexos?, ¿y por qué la mujer debe de ser de una manera y el hombre de otra?....

El libro sobre el amor, publicado en Febrero 2011
Mi aparato teórico desde el cual enfocar este estudio está basado en mi admiración por la teoría del pensamiento complejo de Edgar Morín, que propone superar los dualismos con los que estamos acostumbrados a pensar. La vida no es blanco o negro, razón o emoción, hombres o mujeres, el bien o el mal, lo grande o lo pequeño. Leyendo sobre Einstein una aprende que todo es relativo según el punto de vista desde donde se mire, y que la realidad es mucho más rica que las etiquetas reduccionistas con las que tratamos de entender el mundo.
Me encantó leer a Sergio Manghi, que afirmaba que el estudio de las emociones humanas no se trata sólo de una tarea científica, sino también ético-política, “pues la persistencia, en nuestro tiempo, de hábitos perceptivos dualistas, que separan el corazón y la razón, el cuerpo y el espíritu, las emociones y la cognición, es una fuente permanente de sufrimientos, de prevaricaciones y de violencia”.
En el seno de este paradigma dualista que simplificaba el mundo en dos extremos opuestos, se consideró que el hombre representaba la Cultura (el raciocinio, la civilización, la Ciencia, la ley, el orden, la filosofía), y la mujer la Naturaleza (los sentimientos, lo irracional, lo salvaje, lo caótico, lo oscuro, lo incognoscible). Por eso los hombres, que representan la civilización, deben controlar la naturaleza, explotarla, domesticarla, utilizarla para sus necesidades. Y para eso se ha creado el romanticismo patriarcal, para que perpetúe esa desigualdad y ese control, y para que la gente se una en sistemas de mutua dependencia.
Y es que el hecho de que las pasiones no hayan sido temas considerados dignos de estudio científico serio es un hecho íntimamente relacionado con la estructura patriarcal que ha subordinado a la mujer durante siglos. En esa actitud discriminadora y despreciativa hacia su figura se incluía todo lo que se consideraba femenino, como los sentimientos. Sólo en este siglo, la primacía de la mente y la razón sobre el cuerpo y las emociones ha dado paso al estudio de los sentimientos como parte constitutiva fundamental del ser humano.


Y gracias a ello, hoy me encuentro aquí escribiendo acerca del amor. Entiendo que es un tema que, por su complejidad y extensión, no se puede abarcar en su totalidad; pero sí que he pretendido demostrar que las emociones están mediadas culturalmente, y que están predeterminadas por la cultura en la que se incardinan (construidas a través del lenguaje, de los relatos, los símbolos, los mitos, los estereotipos, los ritos, y las creencias). El poder simbólico incide de forma poderosa, creo, no sólo en la nuestros sentimientos, sino también en la construcción de la realidad social, económica y política de las sociedades.
Dado que la cultura evoluciona a la par que los sistemas políticos y económicos, bien sosteniéndolos, bien transformándolos, considero que es necesario los productos ficcionales y las teorías filosóficas para entender cómo construimos la realidad, cómo la reificamos y cómo unas ideologías se imponen sobre otras (y a la vez coexisten).
El motivo por el que centré mi análisis sobre los mitos y las representaciones simbólicas del Amor es porque la mayor parte de nuestros productos culturales desde la Antigüedad hasta nuestros días se basan en las relaciones sexuales y amorosas entre los géneros: desde las cosmologías (como la griega, que se basa en las relaciones de amor y odio entre los dioses) hasta las series de ficción televisiva, pasando por la escultura, la pintura, la cerámica, la música, el baile, la narrativa oral, la poesía, los cuentos y leyendas, los folletines, las radio-novelas, las canciones, las novelas, las películas, la ópera, y todas las representaciones culturales que han tenido y tienen como tema central el amor y las pasiones.


Mi deseo era, mediante un proceso de crítica y deconstrucción, echar abajo ciertas ideas que se han dado por supuestas o como “naturales”: prejuicios, tabúes, mitos falsos y creencias subjetivas que han distorsionado el concepto de amor y que lo han devaluado durante siglos a la categoría de emoción irracional no susceptible de ser tratada e investigada.
Para mí es obvio que el amor no es sólo una fuente de productos culturales en forma de novelas o canciones, sino también un dispositivo político. Las relaciones humanas atravesadas por el poder, y ello hace que sean complicadas, conflictivas, dolorosas y también, enormemente gratificantes. Los seres humanos necesitamos a los otros para sobrevivir, porque los afectos forman parte de nuestra nutrición y son el eje a partir del cual desarrollamos nuestra vida en sociedad. A través de nuestros seres queridos aprendemos a hablar, a pensar, a vivir en sociedad y a asumir las normas morales, sociales, culturales y políticas. Rodeados de afectos o con una falta total de ellos construimos nuestra identidad y nuestra biografía, y nos reproducimos, sacando adelante y educando a nuevos miembros de la sociedad.

Mi libro sobre la construcción de las identidades,
los feminismos, las masculinidades y el queer
La mayor parte de nuestras vivencias y recuerdos están implicados en las tramas emocionales y sentimentales que construimos en la interacción con nuestros semejantes y nuestro entorno. Nuestra felicidad, nuestro bienestar psíquico y emocional, nuestros sueños y anhelos, nuestras esperanzas y nuestra energía se desarrollan en torno a nuestras relaciones afectivas. Ellas son las que nos provocan dolor, tristeza, confusión, desgarro; también nuestras frustraciones, decepciones, preocupaciones y obsesiones están en su mayor parte determinadas por nuestros afectos.
De algún modo, siempre me ha parecido fundamental analizar y tratar de entender por qué las relaciones humanas son tan maravillosas y a la vez tan dolorosas. Creo que es a nivel microsocial como es posible entender la dimensión macrosocial de nuestra cultura; por eso analizar las relaciones entre los humanos puede ayudarnos a entender por qué las grandes estructuras políticas y económicas son tan desiguales, injustas y crueles. La complejidad emocional del ser humano es inmensa, a menudo contradictoria y cambiante, y tiene mucho que ver con la ética individual y el sistema moral colectivo, y por supuesto, con las jerarquías de poder. También con los recuerdos y las vivencias, los intereses, las motivaciones, los valores, las creencias y los modelos amorosos que nos ofrecen las industrias culturales.


Creo que es necesario tratar de comprender el complejo mundo de las emociones principalmente porque entender y analizar nuestras formas de relacionarnos puede ayudarnos a mejorar nuestro mundo. Es posible que las guerras, los conflictos humanos, la violencia cotidiana que inundan las cabeceras de los telediarios disminuyesen si lográsemos entender los mecanismos sociales y afectivos con los que los humanos nos relacionamos entre nosotros, bajo el trasfondo de las luchas de poder y del miedo.


El miedo forma parte de nuestras relaciones y de nuestra forma de entender y movernos en el mundo. Es un poder psíquico, un producto mental y a la vez un mecanismo biológico de carácter instintivo. También los animales sienten miedo, y en ocasiones se revela como un mecanismo de supervivencia fundamental ante los depredadores. En el caso del homo sapiens, con su capacidad de imaginar, el miedo se convierte en un monstruo que empobrece su vida en sociedad, porque a menudo establecemos estrategias defensivas y de ataque. Los humanos tenemos miedo a los desastres naturales, pero también miedo al dolor y a la muerte, a la incertidumbre con respecto al futuro, miedo a perder seres queridos. Miedo a la soledad y a la locura, pero sobre todo miedo al otro, a lo desconocido, lo extraño, lo que se escapa a nuestro entendimiento. Miedo al poder del otro, al color de su piel, su idioma, su cultura, su religión.
Este miedo afecta especialmente a las relaciones entre hombres y mujeres por el ancestral temor hacia el género femenino desarrollado en las culturas patriarcales. La mayor parte de las relaciones entre los hombres y las mujeres han estado siempre basadas en el miedo al poder del otro, a la dominación física y psicológica. En este sentido, los hombres siempre han entendido la seducción femenina como estrategia simbólica de dominación por la vía de la sutil persuasión.
El miedo también tiene una clara conexión con el apego: todos tenemos miedo a perder a nuestros seres queridos, a que no se nos necesite o no se nos quiera. Nos apegamos a los objetos, las propiedades y las personas como si fueran “nuestras”, y además quisiéramos que ellas y los sentimientos que nos unen sean eternos e indestructibles. El ser humano sufre por la contingencia y trata de encontrar su centro y su estabilidad psíquica en las personas a las que ama o quiere; pero también siente un profundo anhelo de libertad. Miedo y libertad se tensan contradictoriamente, porque no nos es fácil lograr alcanzar un equilibrio entre la estabilidad y la aventura, la seguridad y el misterio. Los seres humanos lo queremos todo a la vez, lo queremos todo para siempre, y nos cansamos de todo también. La realidad monótona y rutinaria nos frustra, de modo que nos embarcamos en aventuras corriendo riesgos: quizás debido a esta contradicción entre libertad y necesidad de afecto, mitos y realidades, el sufrimiento parece inherente a la condición humana.
Sin embargo, también es característico en nosotros la empatía, el altruismo, la generosidad, la entrega, el sacrificio personal, la solidaridad y la red extensa de afectos que establecemos con el resto, y gracias a la cual la supervivencia de la especie ha sido posible. El amor entendido como un todo es una fuerza poderosa que nos atrae y nos une los unos a los otros, ya sea en forma de amor filial (amor a la familia), de amistad (amores elegidos libremente, relaciones de apoyo y cooperación mutua que tenemos con personas con las que sin embargo no tenemos una relación erótica) o de amor pasional (el que se da entre dos o más personas y tiene carácter erótico).
El amor ha logrado que el ser humano cuide de sus semejantes más indefensos (ancianos, bebés, enfermos), y que la gente disfrute en la interacción con el resto. Las relaciones amorosas de pareja, además, son placenteras porque generan sentimientos positivos y porque es una fuerza creadora y constructiva que ilusiona a las personas y las anima a seguir viviendo, pese a la crueldad y precariedad a la que tiene que enfrentarse el ser humano a lo largo de su vida.
Además de estudiar las raíces del amor romántico en nuestra cultura occidental desde Grecia, pasando por el amor cortés del siglo XII y el Romanticismo del XIX, quise estudiar las relaciones amorosas en la actualidad, porque es la época histórica que me ha tocado vivir, y la que más me apasiona. En mi esfuerzo por entender por qué existe ese vacío social, por qué la gente ya no persigue metas colectivas, me centré en el análisis de lo que denominé la utopía emocional colectiva romántica de la Posmodernidad, porque entiendo que hoy el amor idealizado nos ofrece la salvación frente a la angustia existencial, el horror vacui, y la falta de sentido que impregna la realidad occidental.
El ser posmoderno es urbanita, se mueve en la sociedad del anonimato y sufre de angustia existencial, hambre de emociones y soledad. En este contexto posmoderno, el romanticismo constituye una creación de sentido personalizado y colectivo, una promesa ideal de autorrealización, una meta para alcanzar otras metas, como la felicidad. Y es que la sociedad occidental ha perdido en gran parte su instinto de supervivencia para dar paso al de autodestrucción; de ahí la proliferación de las depresiones en el Primer Mundo, que visibilizan la angustia vital que sienten las personas una vez satisfechas sus necesidades básicas (alimento y un techo donde cobijarse). La sensación de alienación permanente que poseen los habitantes posmodernos se traduce en un anhelo de emociones placenteras e intensas que consumimos a través de los relatos. La necesidad de evasión y de entretenimiento se da en nuestra cultura en unas cantidades y dimensiones hasta hace poco desconocidas.
El amor romántico cubre estos anhelos del mismo modo que las drogas, la fiesta, o los deportes de riesgo, y además está conectado con lo sagrado: la totalidad, la fusión definitiva, el placer total, la eternidad (premisa fundamental de todo amor verdadero). Una de las ficciones más importantes que proyecta el amor idealizado es la del cese de ese doloroso sentimiento de soledad que nos acompaña a todos los seres humanos desde la caída de las grandes construcciones sociales como la religión o la clase social, y cualquier institución en la que antes nos podíamos sentir pertenecientes a una comunidad o grupo unido por cuestiones religiosas, económicas o políticas. Así, las representaciones simbólicas, con mitos como el de la “media naranja” (de resonancias platónicas), nos anuncian el fin de la perpetua soledad a la que estamos condenados.
Estas utopías emocionales se acoplan al individualismo y al consumismo a la perfección, porque están basadas en la filosofía del sálvese quien pueda y el egoísmo a dúo, una expresión acuñada por H.D. Lawrence para explicar el estilo de vida basado en una forma de relación basada en la dependencia, la búsqueda de seguridad, la necesidad del otro, la renuncia a la interdependencia personal, la ausencia de libertad, celos, rutina, adscripción irreflexiva a las convenciones sociales, el enclaustramiento mutuo…
Este enclaustramiento en parejas propicia el conformismo, el viraje ideológico a posiciones conservadoras, la despolitización y el vaciamiento del espacio social, con notables consecuencias para las democracias occidentales y para la vida cotidiana de las personas. Con el triunfo del individualismo la democracia se encuentra en manos de los políticos, los empresarios y la Banca; la sociedad no es gestionada por una población adulta, sensibilizada, culta, comprometida y unida. Dejamos, irresponsablemente, en manos de unos pocos nuestro destino como especie, y por supuesto, coextensivamente, el del resto de los seres vivos de este planeta.


El individualismo como modo de vida ligado al consumismo conlleva también una potente sensación de soledad; es normal entonces que la gente quiera formar equipos, aunque sean solo de dos miembros, para hacer frente a un mundo cruel, jerárquico y desigual. En pareja la vida se hace más llevadera por la ayuda mutua que nos prestamos, pero no nos queremos ni imaginar cómo funcionaría un mundo en el que se practicase la solidaridad de grupos humanos frente a las grandes estructuras de poder, es decir, un mundo donde el amor fuese una praxis social cotidiana no centrada en un solo ser humano.
Evidentemente, a un sistema capitalista no le conviene una excesiva solidaridad entre las personas, ni facilitar la autorganización y autogestión de las comunidades; a causa de esta necesidad económica en televisión nunca se apela al amor de las personas por sus semejantes, por la totalidad humana, ni el amor hacia el propio planeta o el resto de sus habitantes. Más bien se le incita al consumismo que es una actividad solitaria o en pareja que ayuda al sostenimiento de la economía capitalista.
Sólo se representan amores colectivos en televisión cuando se trata de un sentimiento social hacia conceptos artificiales como “nación” o “patria”, o hacia algún objeto o persona determinada (como la religión cristiana o la musulmana, los partidos políticos y sus líderes, los grandes clubes de fútbol que aglutinan millones de seguidores, o las estrellas del rock o el cine). Por ello he creído importante exponer el reduccionismo interesado de la concepción del amor representada en las producciones culturales como algo que concierne exclusivamente a dos personas, o como mucho al núcleo familiar, excluyendo siempre al tercero, al otro, a los y las otras.


Y por ello os invito a sumergiros en los principales mitos del amor romántico para poder analizarlos, de-construirlos, desmontarlos. Poniendo al descubierto la distancia insalvable que hay entre la Realidad y las idealizaciones, podremos quizás construir relaciones más igualitarias, menos dolorosas y menos basadas en expectativas desmesuradas y condicionadas por lo que he denominado “el Romanticismo Patriarcal”, que está aún plagado de estereotipos y división de roles de género. Este amor patriarcal es, aún, un modelo plagado de promesas que en realidad sostienen una interdependencia entre los miembros de una pareja engalanado con los adornos románticos.
El sistema amoroso occidental y su modelo de lo que debería ser que nos impiden construir relaciones basadas en la libertad antes que en la necesidad.
Y es que hay que dejar atrás el modelo patriarcal para poder abrir el campo amoroso y crear otras relaciones más ricas, complejas y libres, no sujetas a la heterosexualidad, la dualidad, la superioridad masculina, la monogamia femenina, la genitalidad o el adulterio. Aquí es donde toma cuerpo el lema sesentayochista: lo personal es político. Y es que es en las emociones donde se libra la gran batalla contra el patriarcado; una vez iniciada la lucha por la Igualdad política a través de las leyes y la economía, lo lógico es liberar al cuerpo, a las emociones y los sentimientos de estructuras rígidas y jerárquicas, y ponernos a inventar otras formas de amar…


(y al final, el resultado fue una tesis enorme de los que saqué dos libros; encontré respuestas, pero me surgieron muchas más preguntas, más ganas de leer, experimentar, debatir, y seguir buscando)

Este texto es el prólogo al libro "La Construcción Sociocultural del Amor Romántico"

viernes, 2 de marzo de 2012

Neuroquímica: Cerebro Enamorado


Hay por lo menos cuatro neurotransmisores u hormonas que pudieran modular de manera similar nuestra capacidad de sentir recompensa al estar con alguien y sentirnos enamorados, o al consumir una droga y sentirnos adictos. Estos son la oxitocina, la vasopresina, la dopamina y los opioides endógenos. Estos cuatro neurotransmisores actúan sobre los circuitos neurales involucrados en la recompensa, motivación, predicción y atención en animales y humanos. Así, entender la neuroquímica cerebral en los animales puede ayudarnos a entender los mecanismos básicos del enamoramiento y la adicción en nosotros.

martes, 28 de febrero de 2012

Flechazo amoroso: Procesos Inconscientes


Es lo que llamamos “amor a primera vista”, que hace que cuando vemos a esa persona se acelere el pulso y se aviven los sentidos. Parece ser que las personas tenemos una especie de “patrón” de la persona que nos gusta, tanto físicamente como en cuanto a su personalidad. Hay personas que dan más importancia a la fisonomía, y vemos que todas sus parejas se parecen de alguna forma, y otras personas dan más valor a la forma de ser. Este modelo o patrón se ha ido formando y elaborando desde niños, a través de nuestra historia personal. Refleja rasgos acerca de características personales (físico, color de pelo, inteligencia, amabilidad u otras personalidades psicológicas), de manera que se va creando un rompecabezas del tipo de persona que nos gusta.

viernes, 3 de febrero de 2012

¿Monogamia y amor eterno?: Oxiticina, vasopresina y dopamina


Estudios realizados en ratones revelan que la estrategia de la poligamia o monogamia depende del número de receptores de vasopresina (ADH) que se encuentran en un área específica del cerebro conocida como núcleo accumbens. Cada vez que se estimula el núcleo se producen sensaciones de placer intensas, y a mayor número de receptores de vasopresina mayor es la propensión a ser monógamo. La oxitocina, hormona liberada durante el orgasmo en hombres y mujeres es también es llamada la “hormona del amor”: Esto se debe a que los científicos creen que promueve el vínculo afectivo en las personas con las que tenemos relaciones sexuales. La oxitocina, al igual que la vasopresina, cuanto más receptores cerebrales tenga, mayor o más intenso será el orgasmo. La organización de nuestro cerebro puede determinar cómo valoramos nuestras relaciones, e incluso si nos sentimos enamorados o no, o el grado de placer que sentimos durante el sexo.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Coral Herrera, amor romántico y dependencias afectivas

El rincón de Haika: Video Coral Herrera, amor romántico y dependencias...:





Se trata de una charla que dio nuestra amiga Coral Herrara, de la que ya hemos publicado algunas cosas con notable exito entre nuestro público, en las Jornadas de Igualdad de Galdakao (Bilbao) el día 28 de Noviembre, en el marco de la semana Contra la Violencia de Genero.
Esperamos que lo encontreis interesante.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Neurociencia y Plasticidad Cerebral UNED: Neuropsicología del amor (Ponencia de Raul Espert)...

Neurociencia y Plasticidad Cerebral UNED: Neuropsicología del amor (Ponencia de Raul Espert)...:

Es muy poco corriente en nuestros blogs que una de las fuentes principales de contenidos que tenemos, los videos que nos publica nuestro buen amigo Raul Espert y que tanto bueno juego nos estan dando, se convierta el mismo en materia de publicación. No caba duda que la ponencia que importe y que os ofrecemos es un material de primera calidad que nos puede servir de mucho para una mejor formación en el campo que nos ocupa. Aprovechamos para saludarle y lamentar no poder haberla oido presencialmente. Muchas gracias por todo y otra vez sera cuando nos conozcamos.

Video de la ponencia del Dr. Raúl Espert en el IV Congreso de la FANPSE (Federación de asociaciones de Neuropsicología de España) celebrado en Valencia del 27 al 29 de Octubre de 2011 (Salón de actos de la Facultad de Filosofía de la Universitat de València)

lunes, 15 de agosto de 2011

¿Una historia de amor? (Documental de la Noche Temática)


Tierra de Mujeres


Documental sobre la cultura sexual y única del pueblo Mosuo, una pequeña minoría china, y una de las sociedades matriarcales últimas en el mundo. Sin un contrato de matrimonio, los Mosuo tradicionalmente construyen relaciones basadas en el amor libre y la satisfacción sexual.

Incesto: ¿El Último Tabú?


En el mundo se efectúa un cuarto de millón de adopciones al año. Pero, ¿qué ocurre cuando estos niños adoptados se convierten en adultos y deciden buscar a sus familias biológicas?. Por naturaleza, este tipo de reencuentros están llenos de emociones, pero hay un sentimiento inesperado que está haciendo que gente normal se encuentre en una situación realmente insólita. Son personas corrientes que se han visto inmersas en una aventura amorosa con un hermano o hermana, o un padre o una madre, desconocidos hasta un momento a causa de una adopción. Muchos lo ocultan, pero otros han decidido sacar a la luz estas relaciones poco comunes para defender su derecho de estar juntos.

La Gran Historia de la Pareja


Un recorrido por la historia de la pareja desde la Prehistoria hasta nuestros días explicando cómo ha evolucionado de acuerdo a las distintas sociedades y épocas. Hoy en día, un tercio de las parejas casadas se divorcian y el número de familias monoparentales está aumentando. ¿De dónde viene nuestra concepción de una vida en común basada en el amor, la satisfacción y la lealtad? ¿Cómo se impuso?
Si uno mira hacia atrás, descubrirá que la pareja moderna es muy reciente. Inicialmente los humanos éramos polígamos, durante miles de años hemos vivido con una pareja sólo por el hecho de procrear.

sábado, 5 de marzo de 2011

El amor en cifras


Cuando podemos cuantificar un fenómeno, significa que lo podemos estudiar con propiedad. Nada es más importante que las relaciones sexuales y amorosas porque son la forma que tenemos los humanos de perpetuar nuestros genes en las siguientes generaciones. Este video da respuesta a diversas cuestiones relacionadas con la atracción sexual y el amor entre las personas o las relaciones de pareja. Algunas conclusiones de este trabajo científico son sorprendentes, como que la altura de tu pareja o la cantidad y ubicación de vello corporal de los hombres son muy influyentes.

Amor longevo: El apego


Desde nuestra perspectiva es importante distinguir entre amor y apego. Son dos cuestiones muy distintas pero que a menudo se mezclan y se confunden. Esto puede suponer un problema, especialmente en las relaciones de pareja, su devenir y su ruptura. A menudo la principal dificultad para aceptar que la relación ha terminado no es el amor sino el apego. ¿A qué nos referimos con 'apego'? Se trata de la fuerza de atracción y la necesidad −consciente o inconsciente− de estar con la otra persona. En este sentido, el apego está relacionado con la fuerza del hábito. Ciertamente, el apego es esencial en la vida emocional de la persona. Los humanos necesitamos de apego, el apego nos da seguridad, nos evoca los primeros estadios evolutivos de vínculo maternal y paternal y ofrece una cálida sensación de protección. Nuestras relaciones amorosas están influenciadas por nuestra experiencia de apego en etapas tempranas.

viernes, 28 de enero de 2011

Lo que llamas amor es solo sexo

Articulo tomado del blog de Ivonne Reyes: Psicóloga Consultora.

Mi foto

¿Por qué amo, luego odio y luego muestro indiferencia a la misma persona?
"Tushara, todavía no sabes lo que es el amor. Todavía no sabes que muchas otras cosas se hacen pasar por amor, te engañan...
Todavía no has amado; es sólo el apetito sexual en ti. Y lo llamo apetito intencionadamente. Cuando tienes hambre te interesa la comida. El aroma que llega de la cantina Vrindavan te atrae; todo lo demás se vuelve poco importante. Te encuentras yendo hacia Vrindavan. Una vez que has comido, todo interés en la comida desaparece, y si has comido demasiado, incluso te sientes repelido por la comida. Si has comido demasiado, más de lo necesario, sientes náuseas..., surge en ti una enfermedad. Y cuando estás saciado de comida, puedes pasar cerca de Vrindavan: no hueles los aromas, puedes seguir pensando mil y un pensamientos y puedes permanecer indiferente a la comida.
Tu amor no es más que apetito sexual. Por eso primero te sientes atraído, "muy enamorado". A esa atracción la llamas amor. Igual que la gente dice que adora los helados, así amas a la gente. ¿Pero cuánto tiempo puedes adorar un helado? Puedes comer, pero ¿cuánto?...
En primer lugar, piensas que amas, Tushara, pero eso no es amor; sólo un apetito físico, un fenómeno corporal, un fenómeno químico; no tiene nada que ver con el amor.
El amor es algo muy diferente. No tiene que ver necesariamente con el sexo. Puede que el sexo forme parte de él, puede que no forme parte de él. Puedes amar a una persona sin ninguna relación sexual. Eso es lo que llamamos amistad... La amistad es un amor más profundo que la relación sexual, porque la amistad da y no pide nada a cambio.
La relación sexual es una explotación mutua: estás explotando el cuerpo de la otra persona y él o ella está éxplotando tu cuerpo; ambos os estáis utilizando mutuamente. Pero como decir que es puro sexo parece feo, lo llamamos amor. Estaría bien que lo llamaseis simple sexo, sería verdad, sincero, y no surgirían problemas, porque entonces sabrías que es un apetito. Estás satisfecho un momento y luego, si la otra persona sigue exigiendo y tú sigues jugando el juego, habrá odio, porque sentirás repulsa. Y tarde o temprano te volverás indiferente, porque has explorado el cuerpo del otro y él ha explorado tu cuerpo: ya no hay nada nuevo, conocéis los territorios. Ahora ya no hay intriga, ya no hay misterio en el que entrar. Has acabado; surge la indiferencia.
Tushara, lo que llamas amor es sólo sexo. Llámalo sexo, no lo llames amor...
Lo primero, mi sugerencia: llámalo sexo puro y simple. Y no hay nada de malo en el sexo puro y simple; es natural. No hay necesidad de ocultarlo detrás de la hermosa palabra "amor"... Sé simple, sé auténtico, sincero. Si haces esto, la mitad del trabajo está hecho. Entonces un día serás capaz de ver la diferencia. Un día te enamorarás y verás que no es sólo atracción fisiológica, química, sino algo más elevado, algo superior: dos vibraciones que se armonizan, dos espíritus que se sienten juntos, dos seres que se sienten armoniosos.
Mis propias palabras son: si dos cuerpos se sienten atraídos mutuamente, es sexo; si dos mentes se sientes atraídas mutuamente, es amor; si dos almas se sienten atraídas mutuamente, es oración.
Y la oración es la forma más elevada. El sexo es la forma más baja. No consideres lo bajo como alto; de lo contrario permanecerás descaminado..."

Osho, El secreto de los secretos. Charlas sobre el secreto de la Flor Dorada


domingo, 9 de enero de 2011

"Infidelidades en la pareja: Amor, fantasmas, verdades, secretos"


Autor MOSCONA, SARA LYDYNIA
ISBN 9789508922847
Año Edición 2007
Páginas 160
Encuadernación Rústica
Idioma Español
Precio 15,00 €uros





Sinopsis

Este libro recorre, interroga e intenta trabajar las diversas formas y encrucijadas del amor y sus fantasmas: las infidelidades en la pareja. Infidelidades que producen la ruptura de lo imaginario del amor. Podemos pensar dicha ruptura como la que podría habilitar o no, nuevos descubrimientos, nuevas maneras de vincularse. Es uno de los desafíos de este libro. Intentamos así abordar cuestiones nodales de una clínica rica, compleja y heterogénea que reconoce la fuerza con que se tiñen y entrelazan en la particularidad de cada relación, las marcas de la cultura. Coincidimos con Alejandra Tortorelli cuando señala en el prólogo que "Este texto panea vidas múltiples. Difícil no encontrarse en alguna de ellas, en algunos de sus momentos, aunque no es un libro de casos. Es un texto de singularidades que recorre no el amor sino sus situaciones, no la infidelidad según la transgresión de la norma sino las infidelidades según las vidas vividas." Nuestro anhelo como autoras, apunta a que los futuros lectores, haciendo trabajar al texto, lo sigan produciendo como tal.

martes, 28 de diciembre de 2010

El amor cortés

El rincón de Haika: El amor cortés:

Nuestra buena amiga Coral del "Rincón de Haika" nos ofrece uno de los articulos más interesantes que ha escrito desde que la sigo. Se trata de las pervivencias de los conceptos relacionados con el "amor cortes" que desarrollaron en Occitania los trovadores en la forma en que entendemos el amor romantico hoy en dia. Todo un ejemplo de trabajo de investigación y recopilación de fuentes que seguramente os va a sorprender. No me resisto a copiar por entero el articulo pero os recomiendo vivamente que visiteis su pagina en donde encontrareís muchas cosas interesantes y sorprendentes.



En la Edad Media se creó el núcleo del repertorio sentimental de Occidente: gran parte de sus ritos y mitos han perdurado hasta nuestros días. Hoy la utopía posmoderna del amor es un collage de ideologías amorosas; ha surgido una fusión entre la mitología del amor cortés y el amor romántico por un lado, y el individualismo hedonista por otro. Clara Coria (2005) es de las autoras que defiende la idea de que en pleno inicio del siglo XXI es posible encontrar infinidad de vestigios de las épocas medievales «que solo aparentemente quedaron enterrados en las sombras de la historia pasada. Vestigios que muy pocos/as reconocen porque han sido meticulosamente aggiornados con una cosmética de dudosa calidad». 
Un ejemplo de ello lo encontramos en el mito de la princesa rosa, que sin duda comenzó a gestarse en la época de los trovadores, pero que actualmente perpetúa la desigualdad de género al estar basado en un estereotipo de mujer débil y bella, apta para esperar y ser contemplada; y ritos como la boda católica, en el que aún persisten (incluso en la ceremonia civil), ritos como hincar la rodilla para pedir matrimonio, la pedida de mano al pater familias, el vestuario de princesa-virgen, los símbolos, las imágenes, las declaraciones, el protocolo, etc. A estos mitos medievales se suman los decimonónicos del romanticismo; pero hoy vamos a ahondar en el amor cortés, que surgió en Europa alrededor del siglo XII.
Los medievales denominaron a la pasión acedía o amor heroico, enfermedad que deja al hombre embobado: 

«tan alterado está el juicio de su razón, que continuamente imagina la forma de la mujer y abandona todas sus actividades, tanto que, si alguno le habla, apenas logra entender, y puesto que se sumerge en una incesante meditación, se define como angustia melancólica» 
(Lilium Medicinale de Bernardo Gordonio, 1285).

La poesía amorosa medieval, tanto la lírica popular como la culta, está impregnada de valores cristianos, de los que surgen los romances de pareja, cuya trama es, según la historiadora Leah Otis-Cour (2000), extremadamente simple: el muchacho se encuentra con la chica, luego la pierde a causa de los obstáculos (principalmente la oposición de las familias) y finalmente la recupera, terminando todo con un final feliz.
La historiadora alemana distingue entre dos tipos básicos de romances: en los romances «idílicos» los amantes han sido criados juntos, mientras que en el otro tipo los amantes se conocen cuando son jóvenes adultos. Cronológicamente, el primero en aparecer fue el tipo «idílico»: Flore et Blancheflor, cuya primera versión data de la primera mitad del siglo XII, fue uno de los romances más populares de la toda la Edad Media. 
Según Otis Cour, lo más característico de estos romances es que representan un concepto «canónicamente correcto» del amor y del matrimonio en la sociedad. Son verdaderos himnos a la monogamia, sin adulterio, sin sexo prematrimonial, sin divorcio:

“El matrimonio se constituye, de acuerdo con el derecho canónico, por el libre consentimiento de la pareja. Los amantes son invariablemente buenos cristianos, van a misa y practican la caridad. [...] El carácter igualitario y recíproco de la relación se revela en la manera en que tiene la pareja de abordar la unión conyugal. Sin el conocimiento de los padres, solos o en presencia de uno o dos amigos íntimos nada más, las parejas se prometen eterna fidelidad mutua. [...] No obstante, estas parejas que se han unido para siempre, no consuman su matrimonio hasta celebrar públicamente la boda; se amarán y se besarán pero no tendrán relaciones sexuales hasta que se haya celebrado el matrimonio públicamente”.

Además de ser canónicamente correctos, estos romances reflejan también una visión coherente de la sociedad secular. El matrimonio presentado normalmente es hipérgamo: ella es la hija de un rey o emperador, mientras su amado, que siempre es un noble, se encuentra en una posición inferior como hijo de un noble local, como por ejemplo en Jehan et Blonde o Paris et Vienne.
Los hombres se sentían atraídos por estas historias amorosas porque alimentaban sus esperanzas de ascender socialmente por amor; la atracción para las mujeres era que las heroínas no eran solo socialmente superiores a sus amados, sino también 

«extremadamente activas y emprendedoras, y a menudo toman la iniciativa en la declaración de amor». 
(Otis Cour, 2000)

La característica principal de estos matrimonios por amor es que los padres finalmente ceden a los deseos de los hijos, y se reconcilian con ellos. Ellos serán felices, tendrán muchos vástagos y gobernarán sus tierras con justicia: 

«La ideología expuesta en estas historias es la ideología de la justicia y la paz basada en el amor, amor social que surge del amor personal de la pareja gobernante» 
(Otis Cour).

Romances con tramas muy similares fueron muy populares en Bizancio en aquella época; posteriormente, en el siglo XIV se encontraron historias parecidas que acaban en boda feliz en Islandia. Esto demuestra el considerable impacto del género del romance sentimental sobre la literatura y la mentalidad medievales, según la historiadora: aunque la mayoría surgieron en Francia, fueron traducidos en diferentes versiones a todas las lenguas europeas. Solo de Flore et Blancheflor se conocen veinte versiones distintas entre los siglos XII y XVI. La bella Magelone llegó a ser tan popular en Alemania como en Francia, y Paris et Vienne fue traducida al latín, inglés, alemán y armenio.
La épica medieval denominó a este concepto fin`amor, cuya esencia, afirma Schnell, es el poder ennoblecedor del amor. Es aquí donde hallamos la conjunción por fin entre sentimientos individuales y el orden político, social y económico. Es un acople perfecto entre amor y matrimonio, aunque los amantes tuviesen que realizar una pequeña transgresión: casarse a solas con el cura para después legitimar su matrimonio públicamente.

«La idea de que el amor convierte al amante en una persona mejor, que el amor es la fuente de todas las virtudes es lo que verdaderamente caracteriza todas las manifestaciones del amor cortesano. [...] Lejos de ser subversivo, el ideal cortesano que se desarrolló en la literatura bajomedieval y se difundió en toda la sociedad bajomedieval, en todos los países y todas las clases sociales, buscó la integración de ese amor en la sociedad a través del matrimonio. Cuando un hombre amaba y lo hacía de acuerdo con el código de la época, respetando la reciprocidad y la fidelidad, era un ciudadano mejor, y si pertenecía a la clase alta, más idóneo para gobernar. La justicia y la paz de un país bien gobernado tenía su origen en el respeto mutuo y el matrimonio armonioso de sus gobernadores». 
Citado en Leah Otis Cour (2000).

Leah Otis Cour entiende que los romances medievales no eran un fiel reflejo de la manera de vivir de las gentes de aquella época, pero lo cierto es que los pleitos matrimoniales llevados ante los tribunales eclesiásticos muestran innumerables ejemplos de enamorados que se habían unido en secreto para evitar la oposición parental a veces instruidos y animados por sacerdotes, especialmente franciscanos.
Joachim Bumke por su parte ha calificado el amor cortesano de «utopía social», es decir, supone la creación de un sueño en torno a una sociedad idealizada que contrastaba con la ruda realidad de la vida cortesana. Este mito puso de moda poner a los hijos nombres de héroes y heroínas románticos ya en el siglo XII en el Lacio y afectó más tarde a todos los niveles de la sociedad, como el caso del niño inglés que recibió el nombre de Truelove en el siglo XIV, según nos cuenta Otis Cour, 2000.
Paralelamente al fin`amor surge otra variante amorosa: la cortezia, el amor cortés. Cuando el adulterio entró a formar parte de la temática de estos romances, las historias empezaron a estar basadas en obstáculos, imposibilidades y prohibiciones: el amor será aquí subversivo del orden social, arrasador y transformador.
El mito de Tristán e Isolda será el ejemplo más paradigmático de cómo la pasión se asocia al sufrimiento, y cómo los obstáculos (las normas sociales, las disposiciones reales, las imposiciones católicas) exacerban el amor hasta convertirlo en algo sublime y trágico. Tristán e Isolda no se sienten atraídos el uno por el otro al conocerse; pero se enamoran por efecto de la magia de un filtro amoroso destinado al futuro marido de Isolda, el Rey y tío de Tristán. La fatalidad les empuja a cometer incesto, adulterio y de atentar contra el orden divino de la monarquía; el amor se presenta como un fenómeno incontrolable, tóxico, adictivo. 
Tristán e Isolda no se aman el uno al otro tal y como son, sino que más bien se aman de forma distorsionada por ese efecto químico de consecuencias arrasadoras (Isolda no acude a casarse con el Rey y huye con el sobrino, Tristán). Sin embargo, pasado un tiempo de felicidad, la rutina y la monotonía les aburre profundamente, así que Isolda va a casarse con el Rey y Tristán se promete a otra mujer que se llama también Isolda, pero a la que no ama. Y así es como descubren que los dos se aman más en la ausencia que en la cercanía, porque la distancia exacerba su amor. Según De Rougemont, no pierden la oportunidad de separarse en cuanto pueden, para amarse locamente desde la imposibilidad. Incluso estando juntos, duermen a veces con la espada de Tristán entre ambos; ellos mismos ponen las barreras adecuadas para exacerbar el deseo.
Por esto, De Rougemont afirma que en estos romances trágicos comenzó la tradición novelesca basada en la pasión como sufrimiento. La poesía de los trovadores es la exaltación del amor desgraciado. 

«No hay en toda la lírica occitana y la lírica petrarquesca y dantesca más que un tema: el amor; y no el amor feliz, colmado o satisfecho (ese espectáculo no puede engendrar nada); al contrario, el amor perpetuamente insatisfecho y finalmente no hay más que dos personajes: el poeta que ochocientas, novecientas, mil veces repite su lamento y una bella que siempre dice que no. [...] Jamás la retórica fue más exaltante y ferviente. Lo que exalta es el amor fuera del matrimonio, pues el matrimonio significa solo la unión de dos cuerpos, mientras que Eros es más ideal que carnal; el amante se hace vasallo de la dama, pero su amor es puro y grandioso, de modo que se vive más en la distancia. Los hombres vivían amores imposibles que dejaban en sus corazones una quemadura inolvidable, un ardor verdaderamente devorador, una sed que solo la muerte podría extinguir: fue la misma “tortura de amor” lo que se pusieron a amar por sí misma».

Para algunos autores, el amor cortés ensalzó la figura de la mujer como la dama santa, y la dotó de una importancia social que no había tenido hasta entonces. Gilles Lipovetsky (1999), por ejemplo, opina que el código del amor pasión permitió al mismo tiempo a las mujeres beneficiarse de una imagen social más positiva (a una mujer ya no se la compra o intercambia, sino que hay que conquistarla enamorándola), y ganar márgenes de libertad y nuevos poderes en el intercambio galante. Esto, con el tiempo, evolucionará hasta lograr la libertad de la mujer en la elección del cónyuge: 

«Al menos durante la época del cortejo, la mujer adquiere el estatus de soberana del hombre; ya no es tomada ni ofrecida, sino que es ella quien elige darse, quien recibe los homenajes del amante, quien dirige el juego y concede, cuando quiere, sus favores, y el pretendiente solo puede tomar lo que la mujer decide ceder».

Anthony Giddens (1995) admite que la feminidad, en la época del amor cortés, se mitificó y se divinizó, y también acepta que de algún modo, la cultura amorosa feminizó a los hombres, porque:

«la captura violenta de las mujeres, las maneras rápidas y poco complicadas de conducirse con ellas dieron paso, en las esferas superiores de la sociedad, a un código de comportamiento que prescribía la humildad y la reserva por parte de los hombres, la paciencia y la delicadeza con respecto a la dama, la veneración y la celebración poética de la amada».

Sin embargo, para Giddens, esta «desvilirización» de las maniobras de seducción masculinas no supuso el fin del pensamiento dicotómico que atribuye a los hombres el poder de la iniciativa, y a las mujeres el papel pasivo de la espera.
La seducción masculina en la época medieval se estructuró en torno a estos tres principios básicos: la declaración de amor, las lisonjas a la mujer, y la promesa de matrimonio. Las damas eran amadas así en abstracto, pues representaban la posibilidad de ascensión social y económica en tiempos de paz, y botines de guerra en tiempos revueltos, todo ello embadurnado con la idealización de la pasión y la ternura, mitificado como un tesoro inalcanzable. Por ello podemos decir que los amores corteses fueron amores utópicos: los trovadores y los caballeros estaban más enamorados del amor y de sus sentimientos, que de las personas en las que centraban su atención. 
Además, esta relación de vasallaje en realidad impuso más distancia aún entre mujeres y hombres, porque jerarquizaba sus posiciones y definía sus roles de manera muy diferenciada. A los hombres se les otorgaba la capacidad para actuar, insistir, utilizar todo tipo de estrategias para seducir a damas resistentes que gustan de ser admiradas, aduladas y engatusadas con promesas de amor eterno y felicidad plena. Las promesas de matrimonio feliz funcionaban al ser engalanadas con la poesía y la música; porque tuvieron un éxito arrasador en su época y aún hoy seguimos soñando con finales felices. 
El amor cortés en teoría ensalzó la feminidad: las mujeres eran colocadas en un pedestal como frágiles doncellas susceptibles de ser protegidas y mimadas por su enamorado. Son todas mujeres de suaves manos, piel blanca, rubia cabellera, que no tienen que labrar las tierras de sol a sol y cuya única función es esperar las adulaciones de jóvenes pretendientes, que agudizaron su ingenio para crear bellas composiciones con las que ablandar el corazón de la amada, rica heredera de tierras y recursos.
Una vez que las mujeres cedían, es decir, cuando los enamorados lograban desposarlas, eran bajadas de su pedestal para ser propiedad de sus esposos, de modo que dejaban de ser "superiores" y, paralelamente, susceptibles de ser deseadas. Al casarse las mujeres se sometían, por eso sin duda la etapa del cortejo era tan larga; para ellas se trataba de resistir y continuar siendo deseada; para ellos se trataba de asediar a una mujer del mismo modo que a una torre del castillo enemigo, sin desfallecer, utilizando el arte y las metáforas como estrategia seductora. 
Pienso que los restos del amor cortés que subsisten en nuestra cultura amorosa no ayudan para la creación de parejas igualitarias sin jerarquías ni pedestales donde sea fácil el intercambio de roles. También creo que precisamente la idealización del amor cortés es lo que nos hace tan desgraciad@s cuando nos enamoramos; la realidad siempre se impone, y la mitificación del amor pasional como lugar de armonía y perfección solo conlleva, en nuestros días, una intensa frustración que avinagra los caracteres y amarga las relaciones más dulces.
Por eso, menos palabrería medieval, y más acercar las almas para llegar a quererse. Las promesas en torno al futuro son siempre vanas porque no podemos controlar lo que nos puede suceder, de modo que resulta absurdo creerse que el futuro va a ser igual o mejor que el presente, pero siempre controlado. Las palabras idealizan futuros, crean escenarios grandiosos que van más allá del aquí y del ahora; yo abogo por más aquí y más hora, más comunicación no verbal, más realidad en la unión con la otra persona, menos máscaras y adornos, ningún muro que escalar (muros de miedo, muros de intereses personales que chocan, muros de contención de emociones). Un amor menos cortés, y más cercano, en definitiva.
Coral Herrera Gómez

BIBLIOGRAFÍA
  1. DE ROUGEMONT, DENIS: El amor y Occidente, Editorial Kairós, Barcelona, 1976 (8 ed.).
  2. GIDDENS, ANTHONY: La transformación de la intimidad. Sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas, Cátedra, Madrid, 1995.
  3. LIPOVETSKY, GILLES: La tercera mujer, Anagrama, Colección Argumentos, 1999.
  4. OTHIS-COUR, LEAH: Historia de la pareja en la Edad Media. Placer y amor, Siglo Veintiuno de España Editores, Madrid, 2000.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Vida en pareja: Amor romantico


El amor romántico es uno de los modelos de amor que fundamenta el matrimonio monogámico y las relaciones de pareja estables de las culturas modernas, principalmente las occidentales. El amor romántico es considerado como un sentimiento diferente y superior a las puras necesidades fisiológicas, como el deseo sexual o la lujuria, y generalmente implica una mezcla de deseo emocional y sexual, otorgándole, eso sí, más énfasis a las emociones que al placer físico, a diferencia del amor platónico, que se centra en lo espiritual. Algunos analistas recientes inciden en que las características más señaladas de este tipo de amor se confirman y difunden a través de relatos literarios, películas, canciones. Se trata de un tipo de afecto que, se presume, ha de ser para toda la vida (te querré siempre), exclusivo (no podré amar a nadie más que a ti), incondicional (te querré por encima de todo) e implica un elevado grado de renuncia (te quiero más que a mi vida).

Química del amor: Helen Fisher


La química del amor es una expresión acertada. En la cascada de reacciones emocionales hay electricidad (descargas neuronales) y hay química (hormonas y otras sustancias que participan). Ellas son las que hacen que una pasión amorosa descontrole nuestra vida y ellas son las que explican buena parte de los signos del enamoramiento. Cuando encontramos a la persona deseada se dispara la señal de alarma, nuestro organismo entra entonces en ebullición. A través del sistema nervioso el hipotálamo envía mensajes a las diferentes glándulas del cuerpo ordenando a las glándulas suprarrenales que aumenten inmediatamente la producción de adrenalina y noradrenalina. Los síntomas del enamoramiento que muchas personas hemos percibido alguna vez, si hemos sido afortunados, son el resultado de complejas reacciones químicas del organismo que nos hacen a todos sentir aproximadamente lo mismo, aunque a nuestro amor lo sintamos como único en el mundo.